martes, 31 de julio de 2018

RVDO. P. MANUEL OGALLA

Un compromiso de fe que llega hasta Zimbabwe

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Casa de Piedra. Eso es lo que significa Zimbabwe. Es un estado sin salida al mar situado en el sur del continente africano, entre el río Zambeze, las cataratas Victoria y el río Limpopo. Carece de costas oceánicas y limita al oeste con Botsuana, al norte con Zambia, al sur con Sudáfrica y al este con Mozambique. Se supone que es el sur del África negra. Allí está Manuel Ogalla, un misionero de la orden claretiana, nacido en el barrio de Santa María, que no tenía nada clara su vocación cuando era joven. Prefería ser cantautor con Lolo Sevilla Pezzi o disfrutar del Carnaval en su época adolescente, pero siempre estuvo marcado por sus principios y valores, inculcados desde casa. Uno de ellos, la justicia social.  
Todos somos débiles y que aquí no existen superhéroes
Ahora, con el paso de los años es el claretiano más joven de la misión, que ejerce como superior de la misma. El nombre de la misión es Zhomba, que pertenece al área de Gokwe (lo que podría considerarse como la diócesis).   Allí se dedica en cuerpo y alma a ser parte del pueblo, a ser uno más.  Manuel procede de un ambiente obrero, su padre trabajaba en Astilleros y su madre era enfermera. Tiene un hermano, que es trabajador social, y que también es una persona comprometida. “Tenía el anhelo de luchar por las causas de las personas, acudía a las manifestaciones de astilleros y poco después empecé a ir el centro juvenil que tenían las religiosas de María Inmaculada, junto a Tartessos, donde recibí catequesis y les ayudaba en el Cerro del Moro”.  
Fue allí cuando oyó hablar de las misiones, cuando “entendí lo que era un compromiso de fe”. Esa experiencia hizo que acudiera a una convivencia en Alcalá de Guadaira (Sevilla), tendría 16-17 años. Allí se “transformó” y apareció el compromiso. Pero no fue hasta un año más tarde cuando tomó la decisión de irse con la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, fundada por Antonio María Claret. Sus padres no entendían esta decisión de Manuel, que había hecho selectividad y que quería entrar en Medicina, “pero siempre me han apoyado porque podían ver que todo tiene su coherencia”.  
Al final estudió Filosofía y Teología, vivió en Sevilla, Granada y Madrid hasta que le dieron como destino el centro escolar del Claret en Sevilla. Allí fue profesor durante dos años de Religión en Secundaria y llevaba el coro del colegio.  En enero de 2012, hace tan sólo seis años, lo destinaban a la capital de Zimbabwe Harare, donde estuvo durante un año estudiando el idioma. “Fui el regalo por el décimo aniversario. Allí había una casa en Zhomba, sin colegio alguno, y una parroquia en Ruana, una aldea, a las afueras de Harare, donde “aterricé porque era mucho más fácil estar en la ciudad para estudiar el idioma o la cultura”.  
Este cambio de rol en su vida resultó más complicado de lo previsto, fue una cura de humildad, donde pudo comprobar que “todos somos débiles y que aquí no existen superhéroes”, explicaba Manuel Ogalla.  
Lleva a Cádiz por bandera y eso le ha servido para saber adaptarse a las circunstancias que le han tocado vivir. Está acompañado por otros dos claretianos con una procedencia que es “como la del chiste”, dice sonriendo Manuel Ogalla, quien concreta que uno de ellos es de Corea del Sur y el otro de Sri Lanka. Hablan en inglés entre ellos, pero con el pueblo hablan en shona, el idioma bantú en el que se entienden siete millones de habitantes.  
Fue en junio de 2013 cuando se trasladó a la misión donde montaron un colegio que empezó escolarizando a 20 críos y que ahora cuenta con 360 menores, divididos en ocho bloques. Gracias a la colaboración de la Orden Claretiana y de varias Organizaciones No Gubernamentales, este misionero gaditano, junto con sus compañeros va ampliando el centro a medida que van contando con presupuesto para ello.  
No obstante, en muchos casos se funciona en plan cooperativa. Por ejemplo, las familias aportan al trimestre 20 dólares, pero también trabajan en favor de las instalaciones del centro escolar, ya sea cuidando el huerto, o pintando o haciendo cualquier labor necesaria para que siga funcionando. Ahora tiene en mente conseguir un microbús para acercar a aquellos pequeños que tienen que andar entre 12 y 13 kilómetros para ir al colegio.
Para la población local es primordial la escolarización de los menores en Primaria, ya cuando van creciendo los menos pudientes envían a trabajar a sus hijos. También los hay que van a la Universidad, y en esto también colabora con una serie de becas la Orden del Padre Claret.  “Nuestro objetivo no es sólo formar tanto a nivel escolar -como hacer apostolado- queremos compartir la vida del pueblo, que no nos vean como elementos externos, sino como signos de esperanza”. Con ese cometido están allí los padres claretianos, que además de la misión en Zhomba con el colegio siguen con la parroquia urbana en Ruwa, así como un centro formativo para misioneros que se puso en marcha a finales de 2012, entre este gaditano y otro claretiano. Actualmente hay tres formadores y cinco postulantes en dicho centro. Los que estamos al otro lado del mapa mundi podemos colaborar con esta causa a través de la Orden del Claret o de ONGs como Manos Unidas, tanto en Cádiz, que se encuentra en la sede del Obispado Diocesano, como en Jerez, que también colaboran con la misión del padre Manuel Ogalla. Es fundamental la colaboración y la solidaridad de quienes vemos esta historia a través de vídeos o fotos.
“Ellos me salvan a mí, y yo a ellos”, es un claro ejemplo de vida compartida, de hacer más fácil el día a día al de enfrente de una manera solidaria, sin mirar más allá. “Intentamos ser lo más fieles posibles a la imagen de Jesús de Nazaret”,  de ahí que se decantara en su momento por la orden claretiana.
Durante los días que Manuel Ogalla ha estado en su ciudad natal, ha aprovechado para contar cuál es el trabajo que realizan en Zimbabwe, qué necesidades son las que tienen, cómo se organizan con la población local y  cuál es el ritmo de vida que lleva en la misión. Este misionero gaditano, que también da clases de Teología en la Universidad, es capaz de remangarse y montar un equipo de albañilería, y construir un pozo de agua sobre el cauce de alguno de los ríos subterráneos que hay por el entorno de Zhomba. Son pozos rústicos pero que traen el agua a la población y que permiten el riego por goteo en los huertos de la zona.
También en materia agrícola funcionan como cooperativa, todos los implicados participan. Allí se produce maíz y algodón y se vive un auténtico problema con las multinacionales que “se aprovechan de ellos. Es como una esclavitud moderna”.
Dentro de esos grandes objetivos que tiene en Zimbawe está incrementar las infraestructuras y mejorar el acceso al agua potable. “Es una motivación increíble la que hay, te permite centrarte en tu vida y dejarlo todo, con un objetivo más grande que es ser parte de ellos y sentirte ellos”. Manuel tuvo que dejar a su familia, a la que solo ve cada dos años. Una familia humilde que le enseñó los valores que primaron en su decisión de dedicar su vida a los demás.
Una pseuado dictadura que está en elecciones
Zimbabwe protagonizó en los 80 la guerra de la liberación tras el ‘apartheid’. La población negra cogió poder y hasta el año pasado estuvo gobernando el mismo líder. Se trataba de una pseudo dictadura. Tanto es así, que el misionero en una charla que ofreció en Manos Unidas, habló sobre el control del poder gubernativo sobre la educación, cuando un compañero era enviado a un calabozo durante una jornada porque, según los que le apresaron, había faltado a la bandera. En noviembre de 2017 hubo un golpe de Estado, se configuró un nuevo gobierno de transición y este lunes, 30 de julio, serán las elecciones. Tiene entre 12 y 13 millones de habitantes en un espacio similar al de la Península Ibérica. Azotada por una crisis económica, cuenta con las tasas de SIDA más altas del mundo y tiene un abanico de religiones. 









Fuente: Andalucía Información 29/07/2018




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